El ejército jordano anunció una operación exitosa contra el terrorismo. Desde el terreno llegaron relatos de niños muertos y familias alcanzadas en el lugar donde vivían. Entre ambas versiones queda una pregunta que un comunicado militar no puede resolver por sí solo: ¿a quiénes alcanzaron los aviones y por qué se eligieron esos objetivos?
Los ataques se produjeron la noche del 26 de octubre. La Dirección de Salud de Daraa contabilizó siete muertos en su actualización publicada, incluidos tres niños, una mujer y un anciano. Las imágenes de SANA muestran entrevistas nocturnas con vecinos, pertenencias dañadas, equipos de emergencia y una ambulancia.
Estas muertes merecen atención por sí mismas. También plantean la cuestión central de este reportaje: ¿quienes exigen responsabilidades cuando Israel emplea la fuerza aplicarán el mismo criterio cuando los aviones sean jordanos?
El martes, Jordania también reconoció muertes civiles, informó AP.
Jordania afirma que hubo coordinación; Siria lo niega
El ejército jordano relacionó la operación con el ataque a la iglesia de Karak. Afirmó que los grupos bombardeados en el sur de Siria estaban vinculados con los autores y que sus aviones habían matado y herido a integrantes de organizaciones terroristas.
Su comunicado sostenía además que la operación se había coordinado con el Gobierno sirio. Ese detalle presentaba los ataques como una acción realizada con conocimiento y colaboración de las autoridades del otro lado de la frontera.
El Ministerio de Exteriores sirio negó precisamente ese punto: no había existido coordinación previa. Son dos relatos oficiales contradictorios. No se pueden unir como si compusieran una versión aceptada por ambas partes.
La disputa no establece por sí sola quién ocupaba cada objetivo. Tampoco una declaración de éxito militar responde a la cuestión de las víctimas civiles. Hace falta explicar tanto la base de la operación como lo ocurrido a las personas alcanzadas por ella.
Las personas detrás del comunicado
Al-Taff, en la provincia de Daraa, ocupa un lugar central en los testimonios del video. Los entrevistados hablan de personas corrientes y de un refugio familiar. Describen una realidad muy distinta del lenguaje militar sobre objetivos terroristas.
En el video, el primer vecino afirma que murieron cinco personas: tres niños, su abuela y su tío. Dice que no tenían armas ni drogas. Otro residente pide al Gobierno sirio que investigue. Son los testimonios de los habitantes sobre el ataque y sus víctimas.
La grabación permite observar parte de las consecuencias. No muestra el momento del ataque ni la información utilizada para seleccionar el objetivo. Su valor es concreto: registra lo que dicen los vecinos y el escenario desde el que reclaman explicaciones.
Reconocer esos límites no resta importancia a sus testimonios. Permite formular preguntas más precisas. ¿Qué lugar se eligió? ¿Quién se suponía que estaba allí? ¿Cómo explica el ejército la muerte de los niños y de los demás civiles descritos por los residentes?
Una respuesta sobre el propósito general de la operación tampoco sustituiría la explicación de cada ataque. Una familia que ha perdido a varios de sus miembros no puede quedar relegada a una nota secundaria dentro de un anuncio de resultados militares.
La condena no debería depender de la bandera
La pregunta "¿quién condenará?" exige una primera precisión: Siria ya ha condenado los ataques. La cuestión más amplia se dirige a gobiernos, instituciones internacionales y activistas fuera de Damasco que reclaman investigar los daños a civiles.
¿Pedirán pruebas sobre la selección de objetivos, la identificación de los muertos y las circunstancias de sus fallecimientos? ¿Seguirán buscando respuestas cuando desaparezcan los primeros titulares?
La referencia a acusaciones de "genocidio" cuestiona el uso selectivo del lenguaje político. No constituye una conclusión de que este ataque sea ese crimen. Las acusaciones graves requieren pruebas, y el mismo rigor debe regir la discusión sobre Jordania y sobre Israel.
La coherencia no consiste en ignorar estas muertes ni en elegir la calificación más extrema antes de establecer los hechos. Consiste en que la identidad del Estado no determine si las familias merecen ser escuchadas.
Mantener la responsabilidad donde apuntan las pruebas
Nada en los comunicados y las imágenes examinados para este reportaje acredita participación israelí. Se trata de una operación reconocida por Jordania, de una coordinación negada por Siria y de civiles muertos que exigen respuestas de los responsables de los ataques.
Desviar nuevamente la conversación hacia Israel eludiría esas preguntas. Los habitantes de al-Taff merecen más que convertirse en un ejemplo pasajero dentro del debate de otros.
El objetivo anunciado por Jordania y los relatos del terreno deben examinarse juntos. El público necesita saber cómo se supone que uno explica los otros. Mientras falte esa explicación, un anuncio de éxito militar no puede cerrar la historia.